domingo, 4 de noviembre de 2012

Rock y dictadura: de Zeta Bossio a Litto Nebbia

"Esto en los años de la caída de la última dictadura, cuando pegar afiches o ser un joven que participaba de una reunión era algo bastante jodido, ¿no?
–¡Sí! Salíamos con mucho miedo porque estaba prohibida toda expresión política y siempre se podía confundir el tema de pegar afiches de bandas con que eran políticos, pero nos dimos cuenta de que era el último rato del gobierno militar, y la cosa era un poco más relajada. Pero no voy a negar que teníamos cagazo de los autos que pasaban, de la gente que miraba, porque salíamos de noche, a las once y media, después de la facultad. Ibamos a lo de Sam El Pirata, que nos esperaba con los baldes de agua, comprábamos la harina y pum, a pegar. Lo lindo de tener una banda es tener una idea y llevarla adelante, hacer todo lo que podés hacer. Estudiábamos publicidad y nos gustaba; era una carrera rara en aquella época, no tenía salida laboral y los que estábamos ahí éramos todos raros. Llevamos adelante la idea del grupo con Gustavo como si hubiera sido un trabajo práctico.
A usted le tocó la colimba justo en los años más pesados de la represión. ¿Cómo fue eso?
–En esa época era la Inquisición: era más que una dictadura. Fuimos la primera camada de 18 años en hacer la colimba, por una ley que sacaron ellos. Eramos perjudicados en no ir a los 20 porque si a los 20 estabas estudiando una carrera profesional, podías pedir prórroga, te recibías como abogado y cuando hacías la colimba era como abogado; no era lo mismo hacerla a los 18, limpiando los baños. Tuvimos que apechugar y aguantarnos una instrucción bastante severa, con mucho maltrato de todo tipo. Hubo que ser fuertes y curtirnos. Pero lo mío pegó un giro muy interesante y pude entrar a la banda de la armada, porque era músico. Quedé estable tocando la trompa en el Edificio Libertad y después llegué a asistente del Director General de Bandas: escribía las partituras para las bandas de la Armada de todo el país, que eran cinco. Armé los himnos para el Mundial de 1978, hice todas las orquestaciones de lo que tocaba cada instrumento en cada cancha, y después cuando la cosa se puso complicada con Chile, pude salir a la Fragata Libertad, donde hacía falta un bajista. Me fui a hacer la vuelta al mundo un año en la Fragata, así que hice dos años de esta historia. Ahí me traje un buen bajo de Puerto Rico y me puse a trabajar profesionalmente. Tener un Fender era imposible acá".
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 "En 1976, luego del golpe militar, Nebbia estuvo prohibido y durante un año no pudo tocar. La plata no sobraba y luego de vender algunas pertenencias, días después del Mundial de 1978 partió rumbo a México con la ilusión de poder regresar en el corto plazo. Llegó al DF con 70 dólares y ningún conocido a la redonda. “No quería llegar a un lugar y conseguir trabajo mediante el lloriqueo del exilio. Me la banqué como pude y comencé a dar clases de piano y a hacer arreglos para algunos grupos. Pero allá no sabían lo que era la palabra rock. Fueron tres años y medio”, dice uno de los padres del rock latino.
–Tres largos años.
–Muy largos. Encima, no bien llegué ya había tres agrupaciones de exiliados peleadas entre sí, por lo que no me relacioné mucho con los argentinos. El mexicano fue muy solidario, me llenó mucho el corazón y no me hizo quedar al desnudo.
–¿Qué sensaciones enfrentó?
–Nunca sentí odio, porque entendí que me había ido por ocho o nueve tipos y no por veinte o treinta millones de habitantes. Tenía pena porque soy hijo único y no pude ver a mi vieja durante todo ese tiempo.
–Antes de irse fue vicepresidente del sindicato de músicos. ¿Cómo recuerda esa experiencia?
–Fue en la época de López Rega, me sacaron con una escopeta. Estábamos con Rodolfo García y Manolo Juárez. No cobrábamos un mango. Hoy, nadie mueve un pie sin un mango. Lo hacíamos por amor a la música.
–La ley del músico sigue dando pequeño pasos. ¿Por qué esta iniciativa sigue separando a los artistas?
–El asunto es que hay que dejar las cosas en claro porque siempre que se crea algo aparecen algunos con intereses para manejar la caja. No quiero volver a sentarme con personas con las que me peleé hace veinte años por lo mismo. Siempre hubo, y habrá, “contreras”. Pero no aportan nada, sólo te ponen paredes. Me sobraron las oportunidades de estar en cargos de cultura, pero nunca lo acepté. Me presto a que me usen para algo positivo. Nada más.
–¿Le interesa la política?
–Todos tenemos una postura política. Leo y entiendo. Por educación, soy un tipo sensible a las cuestiones sociales y ni que hablar de este mundo que vivimos en el que damos vuelta sobre lo que los ricos piensan de los pobres. Es un disparate. Pero trato de no engancharme con las discusiones bipartidistas. Muchas cosas que pasan o que se dicen, sobre todo en la ciudad de Buenos Aires, me hacen acordar a lo que viví en la época del Proceso. Te tomás un taxi y el tachero te dice que nunca estuvo mejor que con los militares. Sólo un estúpido dice eso. Y lo peor es que lo hace porque en esa época se compró un sacacorchos eléctrico. Hay gente muy pelotuda. Es hora de que haya más conciencia política".
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